Para refrescarles su memoria histórica: Después de las alabanzas…

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febrero 13, 2013 por La Vieja Noche

El 14 de abril de 2005, entre la muerte de Juan Pablo II y la selección de Joseph Ratzinger como pontífice máximo de la Iglesia Católica,…

Con referencia a la actual situación en el Vaticano

Para refrescarles su memoria histórica.

El 14 de abril de 2005, entre la muerte de Juan Pablo II y la selección de Joseph Ratzinger como pontífice máximo de la Iglesia Católica, publiqué en “El Nuevo Día” la siguiente columna. Algunos hermanos católicos la consideraron excesivamente crítica. Juzguen ustedes….

papa

Después de las alabanzas…

Luis N. Rivera Pagán/Princeton Theological Seminary

Pocos eventos mortuorios en la historia han sido tan suntuosos como las honras fúnebres de Juan Pablo II. Fue un despliegue inusitado de pompa luctuosa, ante la presencia de innumerables jefes de estado, monarcas, primeros ministros, jerarcas religiosos y dignatarios de toda índole. Competían éstos por los elogios y laudos más excelsos sobre el fenecido pontífice, mientras las cámaras de televisión permitían a millones de personas participar virtualmente de la elegía fúnebre.

Casi se nos olvida que la persona tan regiamente despedida reclamaba ser el sucesor de un judío llamado Pedro, crucificado, vilipendiado y maltratado, cuya tumba y restos son aún tema de controversia entre quienes se dedican al peculiar negocio de coleccionar reliquias de santos. Se decía también Vicario de Jesucristo, un galileo difamado, azotado, crucificado, a quien en la hora de su agonía la mayoría de sus seguidores abandonó en ignominiosa soledad. Jesús y Pedro fueron cruelmente masacrados por las autoridades. A su sucesor y representante, por el contrario, se le venera y ensalza.

A las alabanzas debe seguir la reflexión crítica. Ya que tantos han elogiado las virtudes de Juan pablo II, me permito la menos grata pero necesaria tarea de examinar algunos puntos controvertibles de su extenso reinado eclesiástico.

Juan Pablo II disipó las aspiraciones, tan caras para el Concilio Vaticano II, de una iglesia conciliar, con autoridad colegiada. Convirtió los sínodos nacionales y regionales en vehículos de transmisión de instrucciones emanadas de una pequeña y cerrada curia vaticana. Quien tan firmemente luchó contra el totalitarismo rojo, afirmó con similar obstinación el totalitarismo curial. Nombró obispos, arzobispos y cardenales con la condición ineludible de prometer obediencia y lealtad no sólo a la iglesia, sino también al sumo pontífice. En América Latina, esa postura conllevó la sustitución de obispos progresistas y cercanos a las ansias populares, como Leonidas Proaño, en Ecuador, Sergio Méndez Arceo, en México, Oscar Romero, en El Salvador, y Helder Cámara, en Brasil, por prelados afines a las líneas conservadoras que predominan en el Vaticano.

La estructura jerárquica no fue la única sometida a obediencia. Una de las grandes riquezas de la iglesia ha sido su tradición intelectual, milenaria y diversa. Juan Pablo II pretendió disciplinar y restringir la teología católica. Cautivo por el conflicto con el socialismo soviético, que en su caso lo hería doblemente, por católico y por polaco, nunca logró entender los afanes de justicia y reivindicación social que animaban la teología latinoamericana de liberación. Se investigó e intentó silenciar a Leonardo Boff y Gustavo Gutiérrez, dos de los teólogos más originales del siglo veinte, por la Congregación para la Doctrina de la Fe, nueva encarnación de la antigua Inquisición, y Benedictosu prefecto, el Cardenal Joseph Ratzinger, a quien el reconocido teólogo alemán Hans Küng tildase de “Gran Inquisidor”. Küng, Tisa Balasuriiya, Edward Schillebeeckx, Charles Curran, Jacques Dupuis y muchos otros excelentes pensadores católicos padecieron la rigidez dogmática de la corte curial de Juan Pablo II.

Al inicio de su papado, Juan Pablo II, tan diestro en los gestos simbólicos, tendió puentes de comunicación con otras iglesias cristianas y comunidades religiosas. Pero, al final, dio el visto bueno a una declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe (“Dominus Iesus”, 2000) que restauró las pretensiones de exclusividad católica de la verdad religiosa. Restringió los esfuerzos prometedores de liturgias ecuménicas, sometiendo a disciplina a quienes osaban diseñar devociones interreligiosas. Paralizó el diálogo con las iglesias anglicanas cuando éstas decidieron ordenar mujeres al sacerdocio. Los gestos iniciales de conciliación con las iglesias ortodoxas de Europa oriental se lastimaron por la prioridad que Roma otorgó al proselitismo en naciones como Rusia y Ucrania.

Juan Pablo II repetidamente ensalzó las virtudes y dones de la mujer. Sin embargó, más que los elogios pesó la prohibición de los derechos reproductivos femeninos y el rotundo rechazo a la posible ordenación de la mujer al sacerdocio. Ya que el antiguo argumento de la supuesta inferioridad racional femenina es hoy inaceptable, se recurrió al peregrino alegato de que todos los discípulos escogidos por Jesús fueron varones. Lo que equivale a atribuirle al Nazareno la responsabilidad del patriarcado androcéntrico eclesial. Exaltó la imagen de María como ideal femenino, pero tronchó las esperanzas de muchas mujeres católicas que aspiraban a una participación equitativa en la vida de su iglesia. Hoy permanecen como espectadoras de la liturgia sagrada de su fe.

Juan Pablo II condenó el uso de los métodos modernos anticonceptivos. Aquí no es cuestión sólo de una moral obsoleta. Los resultados han sido angustiosos para muchas mujeres pobres que sufren embarazos sucesivos como un hado fatídico. Peores son las consecuencias en los lugares del mundo en los que el SIDA es una plaga mortífera. Juan Pablo II, quien tanto censuró la “cultura de la muerte”, evitó que la iglesia católica adoptase una actitud más flexible ante los programas de sexo seguro, sin percatarse de los efectos letales de su rigidez. El nuevo dolor de África contó menos que aferrarse a una anacrónica y mortífera ligazón entre sexualidad y reproducción.

Algunos panegiristas han recalcado la defensa de la paz por Juan Pablo II y su rechazo a la invasión de Irak por los Estados Unidos. “Apóstol de la paz” se le llamó, no sin cierta razón. Llama la atención, sin embargo, que algunas de las naciones más católicas de Europa – España, Italia y su Polonia, entre ellas – apoyaron, al menos inicialmente, la guerra. En las recientes elecciones estadounidenses, buena parte del episcopado católico, con el visto bueno de Roma, se inclinó a favor del belicista y protestante Bush sobre el católico Kerry a causa de la tímida expresión que el candidato demócrata hizo a favor de los derechos reproductivos de la mujer y su tibia simpatía hacia las uniones civiles entre homosexuales. Da la impresión de que en algunos medios eclesiásticos cuenta más la moralidad sexual que la paz.

Al escoger el nombre de Juan Pablo II, Karol Wojtila quiso honrar a sus antecesores inmediatos, Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo I. Buena parte de sus acciones, sin embargo, rememoran la autocracia de Pío IX y la inflexibilidad doctrinal de Pío X. Incluso se detectan ciertas reminiscencias de la célebre declaración, en 1302, del Papa Bonifacio VIII, a quien magistralmente satirizó el laureado escritor italiano Dario Fo: “Pronunciamos como de toda necesidad para la salvación el someterse al Romano Pontífice”. El afán de restauración prevaleció sobre las ansias de renovación, tan vivas en muchos sectores de la iglesia católica.

[Publicado en “El Nuevo Día”, 14 de abril de 2005, San Juan, Puerto Rico]

NOTA: crédito fotos, www.conocereisdeverdad.org; www.lagranepoca.com

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