Perfil de un arrogante

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abril 8, 2013 por La Vieja Noche

Algo así como verse en un espejo y concluir, sin testigos, que son personas superiores. . .

Perfil de un arrogante

José Augusto Acevedo

Errores del egolatra

Tan atrás en el tiempo como en el 1937, una psicoanalista alemana, llamada Karen Danielsen  -mejor recordada por su tormentoso romance con Erich Fromm (“El arte de amar”) que por sus brillantes trabajos- alegaba que la arrogancia es “el producto de la compensación que ocurre en el ego por tener una autoimagen inflada”  (Frase tomada del libro, “La personalidad neurótica de nuestro tiempo”, 1993 Barcelona: Editorial Paidós).

Es decir, los arrogantes se sienten superiores a causa de su baja autoestima y buscan un mecanismo compensatorio para ser aceptados y sobrevivir.  El análisis parece claro: los arrogantes son personas que pretenden ejercer una suerte de elitismo cerebral que creen tener, por la importancia que se atribuyen a sí mismas. Precisamente, esa atribución es gratuita y sólo encuentra fundamento en la exagerada percepción de sí mismos.  Algo así como verse en un espejo y concluir, sin testigos, que son personas superiores.

Los arrogantes piensan que siempre tienen la razón y los demás están equivocados. Cualquier cosa que otra persona alegue en contra de sus criterios, es cancelada de su entorno y de su estima, con el desparpajo intolerante de quienes se perciben a sí mismos como genios insuperables.

Son inseguros, emocionalmente frágiles y  se protegen denigrando a los demás, para poder sentirse bien acerca de ellos mismos.  Las formas protocolarias de esa denigración pueden ser manifestadas directamente, a través de diatribas públicas y “bullying” verbal, como indirectamente, a través de sutiles actitudes, como desapego selectivo o segregación intelectual.

Los arrogantes se sienten superiores a los demás porque están muy preocupados pensando acerca de lo que los demás piensan de ellos. Precisamente, la incomodidad de ser ellos mismos los torna escuetos, ostracistas, muchas veces hostiles.  En fin, los arrogantes desean que el prójimo -que no valoran ni mucho menos, aman- sepa o crea que son ingeniosos, infalibles o invencibles ángeles de luz en sus argumentos o decisiones.

Más aún, los arrogantes piensan que su actitud es una virtud, especialmente en el contexto de algunas profesiones.  Así pues, son expertos en el propósito de beneficiarse de los usos de la arrogancia. De hecho, la “utilidad” general de la arrogancia, según ellos, es ser tratados como seres dotados de multiforme superioridad.  Y al reconocimiento de la “superioridad”, se añade la capacidad de “controlar’ el pensamiento y el comportamiento de los que caen en esa redada psico-social.

Sin duda, en el ególatra propósito, siempre logran un coro de incautos, algo así como reclutas de una servidumbre emocional.   Es en esa dinámica, ego-“alter servus”,  que los arrogantes son fáciles de detectar. Buscan la admiración y adhesión a sus opiniones, y cierran filas con quienes aceptan sus “genialidades”, pero cancelan a los opositores y disidentes.  Dicho de otro modo: los arrogantes son siempre intolerantes.

Si los ven, no les huyan.  Déjenles saber que los grandes avances de la humanidad se dan en el concierto de colaboraciones intelectuales e imaginativas de todos los miembros de la comunidad, sin importar origen, raza, orientación sexual o condición social. Que estamos en la época del “Open Source” y el ”Creative Commons”.  Que las oposiciones y las disidencias no nos hacen, necesariamente, diferentes ni enemigos, sino, posiblemente, originales y colaboradores.  Y que ese método dialógico nos divierte en el descubrimiento y la develación de los misterios del universo, pero también de las innovadoras maneras de sacar una tuerca. En fin, que no tengan miedo. Que los aceptamos, con un abrazo libre, sin complejos ni ínfulas de grandeza. Que preferimos enfocar nuestra energía y potencialidades en descubrir, crear, y hasta imaginar por el bien común…  Y que no falte una tacita de café, o una cerveza bien fría, o un vinito, o lo que se pueda compartir en paz.  Puñeta, ¡se puede!

NOTA: crédito foto: www.ayuda-psicologia.org

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