Investigar para crear

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abril 22, 2013 por La Vieja Noche

Visitamos decenas de casas de envejecientes (los llamados “homes’) buscando aquel que llenara nuestras espectativas. Pero estas visitas muy pronto se convirtió en un proceo investigativo, donde la atención dada al comentario, al lenguaje, a la frase fue asumiendo el eje central, el personaje protagónico, tanto de la investigación como de la novela.

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Dr. Ángel L. Rosa Vélez/Departamento de Español/

Facultad de Estudios Generales UPR

El lenguaje del olvido es una novela salida de un “estudio” sobre el lenguaje de los envejecientes y pacientes afectados por la enfermedad del Alzheimer, entre estos pasientes se encotraba mi padre Othoniel y se encuentra mi suegra Julia. Visitamos decenas de casas de envejecientes (los llamados “homes’) buscando aquel que llenara nuestras espectativas. Pero estas visitas muy pronto se convirtió en un proceo investigativo, donde la atención dada al comentario, al lenguaje, a la frase fue asumiendo el eje central, el personaje protagónico, tanto de la investigación como de la novela. Observamos que la estructura del lenguaje utilizado en la inmensa mayoría de los entrevistados era la misma en todos: Frases cortas, oraciones interrumpidas, verbos adjetivizados, y sustantivos que se adverbializan. Era un lenguaje con otra lógica, con otro orden, más denso, oscuro pero repleto de imagen y significado. Así lo descubrimos.

Quise llevar notas de ello, apuntes, información que ayudara a sobrellevar la pérdida de los seres que amamos. Por años escuchamos a pacientes, los seguimos de cerca, al principio conocían de su enfermedad y asustados intentaron prolongar su “coherencia”. Recurrieron a métodos interesantes para ello: tomar miel destilada, beber vino, cerveza alta en cebada, y otros brebajes a base de café, cacao y ron con limón. Llegué a participar de estas técnicas y terminamos borrachos y olvidados bajo frasadas. En tanto otros, los que cayeron en la negación de su condición cayeron más rapido en el olvido que los que trataron de enfrentarla.

Una de las ocurrencias que más me sorprendió fueron dos viejitos (ancianos) que en su ejercicio de la búsqueda de curación decidieron escribir, dibujar, leer mucho y conversar mientras jugaban dominó. Un día su hija y yo jugamos en pareja con ellos. Todo iba bien hasta que él dijo ¡Trancao! Nos sorprendimos y estaba el cuatro con el cinco y el tres con el cuatro. Estos, contrarios a otros, querían prolongar su estado coherente, de lucidez o de consciencia y retardar el mal de olvido que padecían. Pero me descubrieron una nueva forma de trancar un juego. Así llegaron a explicarme.

Y de inmediato surgieron interrogantes que nos mantuvieron (a mi y algunos familiares) muchos meses atentos al progreso de su enfermedad, a su comportamiento social y los cambios del lenguaje usado. Parecían sustituir palabras por imágenes y cuando se les olvidaba un nombre (que siempre es lo primero que se olvida: los nombres) dibujaban una imagen con la mano. Así en el aire y otras veces en un cartón de “camba”. Entonces comenzó el estudio de campo, que pudiera ser la novela, esta investigación extraña, este anotar de sucesos y descubrir verdades. Este querer demostrar que no se han ido nada, que sustituyeron o extendieron líneas de “realidades” por líneas de “certezas”.

Pero… ¿Se podrán recuperar los recuerdos perdidos? Esa es la pregunta. ¿Se podrá recuperar lo que éramos, lo que fuimos? Bueno no se puede ni aún dentro de los que supuestamente estamos “sanos” o “coherentes. Pero nuestra observación fue descubriendo que muchos pacientes mientras olvidaban adquirían recuerdos falsos, que no eran de ellos. Unas veces asimilaban lo que escuchaban a su alrededor o a sus espaldas, en otras tenían más fijos las historias de otros que las suyas propias y en otras ocasiones fueron sus deseos más escondidos, sus sueños no realizados, los anhelos que no pudieron completar y lo contaban como hechos. Incluso comunicaban hasta los odios y las alegrías que nunca tuvieron como los triunfos y las derrotas que tampoco vivieron.

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De manera que esquiciaban y cambiaban a otra persona: él era su padre, su hermano, el amigo o lo que nunca fue. Así fue que un día me encontré con Don Quijote y también con Cervantes. Cervantes era ella una mujer de 68 años, manos finas y piel cobriza y Quijote era su esposo. Recuerdo una tarde que me dijo muy seria y señalando a su marido: “Yo lo escribí… Pero se me escapó.” O sea que ella lo había escrito. De manera que el famoso cuento de Jorge Luis Borges Pierre Menard autor del Quijote es evidencia tanto literal como conceptual de que es posible y así lo corroboré con estos ancianos.

alzheimerComo escritor de novelas, profesor de literatura y esta cercanía con la comunidad religiosa de mi pueblo siempre he validado la ficción sobre la realidad. Pues lo real no es lo verdadero así como la ficción no es falsedad. Y en este proyecto existencial (donde me va la vida) comenzó otra tarea, la de encontrar certezas dentro de la supuesta incoherencia observada, la de descubrir otra lógica que altera la lógica de las visitas, la de encontrar otro orden que lee una imagen distorcionada, una imagen profunda, de fondo en pugna constante con la coherencia. Entonces me sorprendí en una escritura que desarreglaba los idearios formales de la lógica, de la cultura oficial, del canón literario.

Este será el enigma de la escritura de mi historia como la de la historia encontrada en mis visitas. En mi novela intento demostrar que el lenguaje y la actividad de los pacientes de afuera de ella son las mismas de los personajes de la ficción que creo, pero que realmente tomo prestado. No fue fácil esa simbiosis, pues es ir a contra corriente, desacomodando la lengua dentro de un orden nuevo.

Realicé decenas de entrevistas a familiares, enfermeras de estos pacientes, cuidadores y sobre todo y con mayor número a los pacientes mismos. Visité “Hogares de cuidado”, Hospitales, Casas de recuperación donde encontré lo que buscaba: personas con trastornos mentales, senilidad, y la enfermedad motivo de mi búsqueda. Y en todos realicé grabaciones. La mayoría de mis entrevistados fueron en un tiempo anterior profesionales, intelectuales, amas de casa, artistas, personas de oficios, personas con vasto vocabulario y poco vocabulario, religiosos y no creyentes. Escribir lo que descubría mientras me acercaba a ellos tenía un riesgo alto y en esa tarea pude haberme perdido entre los equívocos del “lenguaje del olvido”.

No es nuevo este instrumento de trabajo (la grabación) para producir ficción literaria, pues ya existe una tradición literaria que ha hecho este acercamiento a la que pertenece Arguedas, Faulkner, Rulfo, Poniatowska entre otros que han logrado este acercamiento lingüístico utilizando, incluso, algunos de ellos la cinta magnetofónica como herramienta. Elena Poniatowska escribe la novela Hasta no verte Jesús mío basada en una entrevista a una mujer ignorante que participó en la Revolución Mexicana. Aunque lo aparenta la novela no es una típica novela de testimonio. Juan Rulfo, aunque con un estilo más culto, Pedro Páramo trata la marginalidad utilizando la técnica del contrapunto rompiendo tiempos y espacios abatidos por una multitud de individuos diferenciales y degradados. Ya en el Llano en llamas en el cuento Macario, su personaje es un desquiciado que aplasta cucarachas, en Acuérdate el incesto llega como placer y no como remordimiento y en La cuesta de las comadres se escucha a un padre decir con orgullo: Todos mis hijos son asesinos. Lo terrible en Rulfo es que todo brota de observaciones personales: ambientes, personajes e historias. “Me crié en San Gabriel, cuenta Rulfo, y allí las gentes me contaron muchas historias: de espantos, de guerras, de crímenes”. José María Arguedas en su última obra es la más representativa de esta marginalidad. Un espacio habitado no por indios y señores sino un mosaico de prostitutas locos, y religiosos, pescadores y mercaderes, extranjeros y peruanos de todas partes. Aquí Arguedas incorpora a su mundo novelesco dos corrientes que posteriormente moldearían el escenario religioso peruano: los evangélicos y la teología de la liberación. Faulkner presenta escenas de muchedumbres de desarrapados que invaden París espoleados por el hambre del dolor acumulado y extraviados en el más radical de los desconciertos; los distintos personajes, que ofrecen toda la cadena de contradicciones, de esperanzas, mezquindades, sueños rotos y heroísmos inútiles y cobardías.

A esa tradición literaria que deja desnudo el lenguaje en equívocos es la que quiero continuar para darnos cuenta de que nada, ni el poder, ni la gloria, ni la riqueza, ni el placer, ni tampoco, siquiera, verse libre del sufrimiento, tiene tanto valor como el simple acto de respirar, el simple hecho de estar vivo, incluso con todo el pesar del recuerdo y el dolor de poseer un cuerpo irremediablemente gastado y abatido; simplemente saber, saber, saber que se está vivo.

Muchas gracias.

NOTA: crédito fotos, www.cuidadosadomicilio.cominfo.elcorreo.comtscomportamiento2010.blogspot.com

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