Silencio y palabra

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julio 14, 2013 por La Vieja Noche

Se parte del artificio narrativo del encuentro de un diario dejado por un paciente al morir en un hospital donde pasó sus últimos 17 años, sin haber dado ninguna información acerca de su identidad.

ALAI, América Latina en Movimiento

Frei Betto: Aldea del silencio. Rio de Janeiro, Rocco, 2013

Silencio y palabra

Adelia Bezerra de Meneses/ Cultura

Frei-BettoFinalizando con una expresiva reverencia a la Palabra, o mejor al lenguaje (“De la vida guardo una sola certeza: mi universo se limita a mi lenguaje”, p. 191), este libro de Frei Betto trata fundamentalmente del Silencio, y de todo aquello que, en la vida humana, necesita de él para sobrevivir: reflexión, comunicación profunda entre seres, comunión con la naturaleza, experiencia mística, sumergimiento en la Trascendencia.

Se parte del artificio narrativo del encuentro de un diario dejado por un paciente al morir en un hospital donde pasó sus últimos 17 años, sin haber dado ninguna información acerca de su identidad. En ese hospital le enseñaron a leer y escribir, y él, alma forjada en el silencio, se sumerge en lecturas y escribe en un cuaderno sus experiencias, actuales y pasadas. Por dicho escrito sabemos que ese hombre había vivido antes en una aldea despoblada, abandonada por sus antiguos habitantes, con la compañía exclusiva del abuelo, de la madre y de dos animales; de un abuelo que le enseñó la “fidelidad al silencio”, y de la madre que “tampoco desperdiciaba palabras, que las guardaba dentro de sí, alma y lengua”, personajes míticos que vivían en un eterno presente, en un lugar también mítico, del que son violentamente arrancados hacia el mundo llamado “normal”.

En efecto, muerto el abuelo y vendida la aldea, el protagonista es rudamente obligado a abandonarla, llevado a una gran ciudad e, inmerso en su quietismo, termina en una comisaría, donde es brutalmente torturado por no hablar. Reducido a un cuerpo, “despojado de toda humanidad”, se refugia aún más en el silencio, negándose a darse a conocer a sus torturadores. Hecho leña tras pasar dos meses en la calle, roto, harapiento y anónimo, es llevado al hospital en que permanecerá hasta el fin de sus días. Siempre sin identidad, o mejor dicho, llamándole “Nemo” (= nadie). Pero ahora él escribe.

La trama narrativa sirve solamente para sustentar una reflexión sobre la palabra y el silencio, en contrapunto. Un extraordinario ensayo sobre el Silencio. Sobre el silencio que no es falta de habla, ausencia de ruidos exteriores, sino “quietud de sí, zambullida imponderable que permite descifrar enigmas interiores”. En uno de los pasajes más intensos del libro el narrador nos sorprende con el relato de una de esas zambullidas epifánicas en el corazón del silencio, una experiencia de sus tiempos en la aldea, en que los adeptos a la meditación ciertamente reconocerán esa práctica: “Fija la mente en la nada, vaciados los ojos de visión, la respiración entrecortada, olvidado de mí”, lo que llevará al meditante/contemplativo a la vivencia de aquello que es el objetivo de la meditación trascendental, la experiencia del vaciamiento, la experiencia del existir: “En el vacío de la mente yo me afirmaba como ser” (p. 62). Y luego nos vemos confrontados con una experiencia radical, poderosa, en que se entremezclan lo erótico y lo sagrado, y que sólo se le podría llamar mística: “Había éxtasis, vibración, fruición, gozo. Un frenesí místico, el titilar de misteriosas luces interiores, estado de embriaguez fulgurante, como si las contracciones espasmódicas del Universo se manifestasen ahora, en el anidamiento del espíritu. Allí, tomado por esa ansia ascendente, yo me embebía de divinidad, atraído hacia la lujuria volátil de algo o alguien que me poseía por dentro. Entonces experimentaba la exuberancia de vida, el palpitar acelerado del corazón, el ardor de un fuego que se extendía sin quemar, se expandía sin consumirse, fuego que lo envolvía todo…” (p. 63).san-juan-de-la-cruz-bn1

Y a partir de ahí se va a desdoblar un abanico de imágenes para decirse lo indecible, en que se reconocerán, esparcidas por el texto, las representaciones de dos grandes místicos: san Juan de la Cruz y santa Teresa de Ávila, además del fuego, la llama viva, la música callada, el todo que es nada, la fuente de agua viva, el vuelo, lo paradójico, el traspasar de las fronteras.

“Se rompió la piel entre mí y el otro. Él, mi revés, revés que expresa mi más genuino ser, donde todas las carencias se suprimen, ceden las compuertas, caen las barreras, y sólo impera el amor, mientras en mis entrañas surgen alas y mi espíritu se embriaga de deleites, los más indecibles deleites. Allí permanecí en alerta espiritual. Todo alrededor se dejó invadir por un silencio ensordecedor, silencio que brotaba de dentro hacia fuera, para anunciar una indefinible Presencia” (pp. 64-65).

No es necesario seguir citando textos, aunque sean imprescindibles y resulte imposible parodiarlos. Queda la invitación a la lectura directa. Pero creo que con los que indiqué ya es suficiente para que comprendamos por qué Nemo, el narrador, en el penúltimo párrafo del libro, comentando su próxima muerte, declara: “Entonces, libre de todos los velos que cubren los misterios, me sumergiré para siempre en la fuente de la Palabra” (p. 191).

Con este libro Frei Betto nos conduce al umbral de una aventura; es imposible no querer conocerla.

Adelia Bezerra de Meneses – Doctora en literatura

2013-07-08

alainet.org

Crédito fotoswww.cubarte.cult.cucinereverso.orglazarohades.com

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