In Memoriam: Aquellas tenis del color de las chinas mandarinas

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agosto 6, 2013 por La Vieja Noche

“… pensando en mi buen amigo, vino a la memoria la noche que -después de larga ausencia- regresó a su hogar tras lograr exorcizar el “demonio” que meses atrás se posesionó de su cerebro y poco a poco lo fue cambiando.”

Screen Shot 2013-08-05 at 4.01.05 PMNOTA: Había escrito sobre el Pepe Bas, varias cosas antes, y luego, al conocer sobre su enfermedad, lo que cayera como balde de agua fría para quienes él fuera un ser muy especial y entrañable amigo: Las tenis del PepeViejo amigo, ¿Cómo estás?Partió cantando una canción de amor, entre otras menciones. Además de las insistencias de Laury, fue José (el Pepe) Bas quién me dio el gran empujón en estas redes y me ayudó a crear mis primeros blogs, correos electrónicos y cuentas en twitter y facebook.  El pasado 2 de julio se cumplieron dos años de su partida. Yo, estaba, todavía, atendiendo mis problemas de salud desde el Hospital de UMASS, MA. Pero, ya de regreso, se impone el hablar y recordar al amigo.  Y me dispuse a escribir.

In Memoriam: Aquellas tenis del color de las chinas mandarinas

zapatillas-bensimon-tennis

Tomás L. Vargas/Director-Editor/ laviejanoche.wordpress.com

A pesar de la llovizna, Blasco y Rafa intentan, en otra de sus frecuentes caminatas, el conseguir alguna firmeza para unos músculos ya septuagenarios. Y fue al verlos que se allegó a mi memoria el Pepe, no por ser él sexagenario ( yo sí por estos días) ni carnes flácidas, sino por sus frecuentes caminatas por el vecindario.

Confieso me fascina lo de cuentacuentos. Y sucede que, al contar lo ya contado suelo quitar o añadir, enfatizar u omitir… poner pique o azúcar, vinagre o miel esperando que infectado de ficciones resulte más real que la realidad; adornados de alguna reflexión sagaz. La idea inicial no era sobre aquellas tenis amarillo-naranja del color de las chinas mandarinas que hace años les contara, surgida de lo que el Pepe tituló, Mis caminatas por la Cumbre: Un cuento con descarga. Fue que pensando en mi buen amigo, vino a la memoria la noche que, después de larga ausencia, regresó a su hogar tras lograr exorcizar el “demonio” que meses atrás se posesionó de su cerebro y poco a poco lo fue cambiando. ¿La verdad? Aquel demonio se las traía.

Si bien una que otra vez el Pepe se deprimía, adquirió el don de escuchar música o sonidos en su cabeza que acompañaban sus estados de ánimo o argumentaciones. Nos decía que cuando cerraba los ojos lucecitas de colores formaban mensajes que intentaba descifrar. Notábamos que bailaba, reía o lloraba de felicidad sin motivo aparente. Y a pesar de lo que nos dolía su condición sentíamos la satisfacción y hasta celebrábamos que ¡El Pepe no necesitaba de excusas para sentirse feliz!

monasteriosClaro, esto requería energías sobrehumanas y pasado un tiempo fue provocando en su físico cambios a lo Stevenson: de Dr. Jekyll a Mr. Hyde. Hacía muecas o desdoblaba su personalidad de tal manera que se tornaba irreconocible. Entonces, su inteligencia privilegiada presintió que no soportaría un cambio más. Y sin decir palabra, un sábado, séptimo día de la semana, a las siete de la mañana, el Pepe se vistió con ropa deportiva y las tenis amarillo-naranja del color de las chinas mandarinas y fue a internarse en una celda oscura y sin ventanas en el Monasterio San Pablo. Siete días con sus noches le escucharon gritar sin comprender palabra. Hablaba en lengua extraña, un dialecto olvidado, algún código quizá. Al octavo día el Padre Carro, superior del monasterio, rompió los sellos de entrada de la oscura celda y lo encontró desnudo maniatado a una lámpara en el techo, las pupilas dilatadas, de una palidez que asustaba y una herida abierta en el lado derecho de la cabeza.

Jura el Padre Carro, que un hedor de muerte impregnaba las paredes. Y que el eco de aterradoras voces salidas de agujeros negros entre las sombras helaba la sangre. Asistido por siete monjas de clausura, que se persignaban, y aunque prosternadas ante la sorpresa de su desnudez, se resistían a desviar la mirada de la bestia que dormitaba entre aquellas piernas empapadas de blanquecina viscosidad, el Padre Carro suturó la herida en la cabeza. Entonces, ellas lavaron -a solas y tomándose su tiempo- el cuerpo del Pepe con abundante agua, jabón y esmerada dedicación… Al terminar y secarlo, cuidadosamente, lo llevaron desnudo como estaba el Pepe a una espaciosa e iluminada celda. Atrás quedó, clausurada con siete candados y dos trancas de acero, por el Padre Carro, la oscura y hedionda celda sin ventanas.

Aunque la prudencia aconseja no entrar en más detalles, siete monjas desnudas danzaron durante siete semanas, siete noches seguidas al dar las siete; siete vueltas durante siete minutos cada vuelta, al interior de la espaciosa e iluminada celda en que dormitaba, desnudo, el Pepe: la celda número 7. Siete veladoras blancas encendidas, siete incensarios de siete cadenillas y siete tapas. Y cada una de esas noches, la lectura de la oración del justo perseguido (Salmo 7):

Me acojo a ti/ líbrame; ¡que no arrebate mi vida el que desgarra,/ sin que nadie libre!/ …Y si he perdonado al opresor injusto,/ ¡que el enemigo me persiga, me alcance,/ estrelle mi vida contra el suelo,/ y tire mis entrañas por el polvo!/… De lo contrario surge contra los arrebatos de mis opresores./ ¡Despierta ya, Dios! / Por el principio del Talión, amén.

Al cumplirse el término, el séptimo día, a las siete, el Pepe se levantó. Siete minutos más tarde partió del Monasterio San Pablo hacia La Cumbre calzando -por toda vestimenta- las tenis amarillo-naranja del color de las chinas mandarinas. Desde su partida del Monasterio San Pablo, el Pepe no había vuelto a calzarlos…

Hasta el sábado 2 de julio de 2011, marcando el reloj las diez de la mañana. Cuarenta y cinco minutos antes había recibido la llamada telefónica de Wanda, que con voz nerviosa y apagada me dijo: “Pepe se me ha puesto muy mal, ven.”  Y a las diez y cuatro minutos arribamos (mi esposa y yo) a su hogar en La Cumbre. En la habitación nos encontramos con varios amigos y la familia más cercana; hubo abrazos, llanto y desconsuelo; resignación y paz, lágrimas de tristeza. Y, hasta asomos de alegría en quienes tienen fe en otra vida después. Yo pensé en que no volveríamos a vernos, nunca más.

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Queda, pues, la remembranza. El contar las cosas como las pienso y supongo.

Aquella mañana, el Pepe se echó a caminar por las calles de siempre calzando sus tenis amarillo-naranja del color de las chinas mandarinas. Partió cantando una canción de amor a Wanda. Y, como quién se ve por última vez en todas las cosas, se deleitó en la fiesta de la naturaleza y en el hábito de los hombres que observó a su paso. Hasta que, mágicamente, su cuerpo le fue ya algo ajeno.

Entonces, se quemó los ojos –como Demócrito- porque tanta belleza le distraía y él sólo quería pensar en ella.

Tres meses más tarde, a invitación de la familia, en la Misa al gran amigo, con sus cenizas presente, el viernes 30 de septiembre de 2011, en la Iglesia Santa Luisa de Marillac, en la Urbanización La Cumbre, pronuncié las siguientes palabras, que titulé:

Inscrito en El Libro de la Vida

“Cuando…hayan pasado/ los temblores agónicos, / tendrá el recuerdo abiertas las puertas/a universos remotos/ donde estertores y olvidos/ se abrazan para lanzarse al vacío/ en esa eterna fiesta por la vida / que es la inevitable muerte.”

Fragmento de Por Irse (Rufina)

Su mirar de tipo bueno, su ingenua sonrisa…, su genio; su pragmática impaciencia de ingeniero; su insistente y metódica dedicación a llevarnos a interiorizar la necesidad de sacar el máximo provecho a nuevas tecnologías para propagar ideas y proyectos…; sus cámaras al hombro (parte de su armadura); la dedicación a su página cibernética, puesta por él al servicio de la lucha por la independencia a través de su partido; el amor a Wanda, hijos y familia…, su incuestionable patriotismo y su amistad sincera… Son todas características que nos recuerdan a José (el Pepe) Bas García. Pero no quiero continuar con estas y otras cualidades ya dichas sobre el Pepe; unas desde la fidelidad, la lealtad, el compañerismo, otras…

Yo quiero, porque podría hablar de amigos verdaderos, de fidelidad y de lealtad -que no son la misma cosa –, traer un emplazamiento.

Antes, permítanme contarles que hace unos días, viendo una película, llamó mi atención el ejemplo utilizado por el protagonista principal de la misma en una de sus escenas: una charla motivacional. La tituló: ¿Qué traes en tu mochila?

Comenzaba más o menos diciendo: “Imagina que llevas una mochila. Haz el ejercicio mental. Siente las correas en tus hombros. ¿Las sientes? Mete en ella todo lo que tienes en tu vida. Primero las más sencillas, esas que llamamos pequeñas, las que se acomodan fácilmente en las gavetas, sobre las repisas, cosas que coleccionamos, fotos, cartas…. Siente como el peso va creciendo. Ahora echa cosas más grandes: toda tu ropa, enseres del hogar, lámparas, televisor. La mochila debe estar mucho más pesada. Entonces, ahora echa en ella: sofá, cama, mesa de comedor, auto, casa… los recuerdos. Intenta caminar. Difícil. ¿Verdad? Pues eso hacemos a diario. ¡Cargamos tanto!… hasta vernos impedidos de poder dar un paso. Olvidamos que movernos tiene algo que ver con vivir. Y les pregunto, a cada uno de ustedes individualmente: ¿Cuánto pesa tu vida?”

Se estarán preguntando, cada uno: ¿Y qué tiene que ver el Pepe en todo esto?

Mucho. Parte fundamental del emplazamiento que al principio dije traería, es la invitación a quemar tu mochila. O mejor aún, a despertar una mañana con ella vacía… Y comenzar a echar sólo lo indispensable. Porque se me ocurre que durante su travesía por la agonía hasta su muerte, el Pepe nos demostró que fue llenando su mochila de caridad –caridad vista como amor, su significado real, el original; ese amor de benevolencia que quiere el bien ajeno, no el tergiversado como limosna según fueron pasando los años y las acomodaticias conveniencias en las diversas versiones de la biblia. El Pepe, desde su lecho de enfermo, en ocasiones amarrado con correas; desde su silla de ruedas; del interior del brillo de sus ojos; en sus ratos de poética locura; en fin, desde su permanente lucidez, practicaba la caridad. Y por ello quiero recordarles un pasaje que ustedes, los aquí presentes -que tienen la dicha y alegría de profesar una fe que no profeso- deben conocer mejor que este servidor:

“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad nada soy. Aún repartiendo todos mis bienes, y entregando mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente, es servicial: la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe: es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca. Aún desapareciendo las profecías, cesando las lenguas, desapareciendo la ciencia. Con la llegada de lo perfecto, desaparece lo parcial. De niño hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Ya hombre, dejé todas las cosas de niño. Ahora veo en un espejo, en enigma. Ya veré cara a cara. Conozco de modo parcial, conoceré como soy conocido. Hoy subsisten la fe, la esperanza y la caridad. Pero la mayor se todas ellas es y será la caridad” (Primera de Corintios. 13…)

A ti traigo esta noche, a los aquí presentes, familiares, amigos y conocidos del Pepe, un emplazamiento. La vida es también encuentro… y encuentros; coincidencias y divergencias, confidencias y celebración. Los emplazo, por caridad, a mantener en sus mochilas el recuerdo del Pepe, mantener su nombre vivo en la memoria.

Yo que tuve el privilegio de haber disfrutado de su amistad, de cuando en cuando, en la soledad de alguna noche al calor de una o varias copas de vino tinto y las notas de una vieja canción, todavía suelo escucharme decir: Tú, Pepe, viejo amigo, ¿Cómo estás?

Los emplazo a juntar los recuerdos del Pepe que todos los aquí presentes cargamos en nuestra mochila. Y de seguro el Pepe vivirá por siempre. Es el olvido lo que lleva inevitablemente a la muerte eterna. Sin embargo, mientras alguien nos recuerde, vive la idea de lo que pensó que éramos, perdura la esencia de lo que fuimos.

Quien nos recuerde nos mantendrá inscritos en el Libro de la vida.

Crédito fotos, Wanda Bas; www.pordescubrir.comhttp://csimg.choozen.es

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