El cuerpo como pedagogía del horror y de la utopía

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octubre 29, 2014 por La Vieja Noche

¿Qué se pone en tensión de la curricula explícita y qué de la currícula oculta cuando una estudianta no presenta los mismos afeites que aquellas que siguen el modelo hegemónico o cuando no ocupa los espacios de la forma en que la feminidad impone las posiciones corporales a otras, o cuando sus códigos de comunicación e intereses no responden al cuento romántico de la heterosexualidad? Interpela la presencia de una cuerpa y una existencia lésbica en los consultorios médicos, en la conformación de sus familias de origen, pone en tensión modos de relacionarse en los centros de trabajo, en los espacios religiosos, en las calles, en los grandes y pequeños mercados, por poner otros ejemplos posibles.

ALAI, América Latina en Movimiento

 

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México

 

El cuerpo como pedagogía del horror y de la utopía

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Patricia Karina Vergara Sánchez/ Diversidad, Derechos Humanos, Social, Mujeres, Violencia,

Me invitaron a compartir algunas reflexiones en torno a un concepto que hace tiempo algunas lesbianas feministas venimos planteándonos, las cuerpas lésbicas y sus propuestas políticas contrahegemónicas. Comienzo por decir que entiendo que para hablar de ellas hay múltiples veredas y lugares desde donde enunciarlas. Hoy, por ejemplo, me es muy difícil pensar en contrahegemonía sin considerar el contexto político que está en estos momentos moviendo México, el país que habito. Políticas concretas que en este sistema mundo está imponiendo sobre nuestros cuerpos y vidas.

En mi país hay escuelas que llaman “Normales rurales”. Son lugares a donde acuden mujeres y hombres muy jóvenes de origen humilde a aprender a enseñar. Ellas y ellos al terminar su instrucción como maestros van a las comunidades más adentradas, lejos de las grandes ciudades y enseñan a la gente a leer, a escribir, a sumar y restar. También, comparten herramientas de resistencia contra las múltiples formas de opresión que ocurren en el mundo rural. Por ello, los gobiernos han intentado constantemente acabar con este proyecto, tan peligroso para el sistema. ¡Enseñar a la gente! Parece ser que algunos aún piensan que leer y escribir debería seguir siendo privilegio reservado a los poderosos. Sin embargo, el proyecto de las Normales Rurales ha resistido por décadas. Por ello, los jóvenes que se forman en estas escuelas participan activamente en la discusión, sobre todo socialista, y acción política de sus localidades. Hace unas semanas seis jóvenes de una de estas escuelas, en Guerrero, fueron asesinados por policías, hay más de veinticinco heridos y otros 43 estudiantes están desaparecidos. Durante la investigación por su paradero, se han encontrado fosas con un número indeterminado de cadáveres que en algún momento se pensó podrían ser ellos. En todo caso, ¿De quién son los cadáveres encontrados en más de 11 fosas clandestinas? No hay certezas, sólo una clara indolencia-desprecio de las autoridades que no da espacio a una búsqueda eficaz ni a la justicia. Entre las atrocidades que se cometieron contra ellos, a uno de los asesinados, al parecer mientras estaba vivo, le arrancaron la piel del rostro y vaciaron sus ojos.

Hay cosas duras pasando en mi país. Sin embargo, es preciso no quedarse únicamente en la pesadilla y en la indignación. Necesitamos leer qué hay detrás de ese horror y entre las múltiples lecturas políticas posibles, yo quiero convocar a preguntarnos qué se está inscribiendo sobre el cuerpo de mi pueblo. ¿Qué quiere decir que a un joven de 22 años le quiten los ojos? ¿Qué es lo que no debe ver, qué es lo que no debe saber, qué es lo que sus ojos aprendieron, qué es lo que el brillo de su mirada expresó que a los agresores les incomodó tanto que decidieron cegarlos? Cuando arrancan el rostro de piel morena de un chico, no es el rostro de uno, es el rostro de todos los chicos de piel morena de mi país. Es ese rostro el que está siendo arrancado porque hay componentes raciales y de clase implicados en esa tortura. Hay mensajes sobre el cuerpo de un chico racializado y de origen empobrecido que participa políticamente que son mensajes para todos los chicos racializados y de origen empobrecido que participan políticamente.

Cristina Laurell, teórica mexicana quien reflexiona sobre la salud colectiva, escribió hace tiempo que el cuerpo y la mente tienen la capacidad de responder con plasticidad, contra y a través de sus condiciones de desarrollo, proceso que origina “modos de andar por la vida” históricamente específicos (Laurell, 1994). Procesos sociales que se expresan en la corporiedad humana. Desde esta concepción, ¿qué proceso social está ocurriendo en la corporalidad de nuestras colectividades a través de esta escritura necrófila sobre los cuerpos de las personas, de qué manera esas grafías sangrientas originan modos de “andar en la vida”, cómo la destrucción de algunos cuerpos construye el de las comunidades sobrevivientes? Es importante hacer una mirada panorámica en donde ubiquemos que si bien lo ocurrido a los estudiantes de Ayotzinapa es un horror visibilizado, hay aproximadamente 1200 fosas clandestinas, con un número indeterminado de cuerpos, encontradas por todo el territorio mexicano y hay un número indeterminado de cadáveres encontrados en el Rio de los Remedios, presumiblemente muchos de ellos cuerpos de mujeres, coincidiendo con el número de desaparecidas que la sociedad civil viene señalando en los límites del Estado de México en años recientes. Hay que reconocer que en al menos en la década reciente ya venimos observando este tipo de escrituras sobre los cuerpos como mensajes sociales en el debate público en México. Por poner algunos ejemplos:

En 2006 el entonces presidente del país, Calderón, decretó una guerra contra el narcotráfico que no acabó con el conflicto, si no que privilegió a unos carteles de narcotraficantes sobre otros y, en cambio, ha significado más de 60 mil asesinados y 26 mil desaparecidos hasta hoy. Con el mandato del nuevo presidente, Enrique Peña Nieto, no han terminado las muertes y desapariciones, sólo se han silenciado los medios de comunicación. Estos años también han significado años de esa escritura necrófila de la que he hablado antes, sobre cuerpos de mujeres y hombres. Algunas de las víctimas fueron contrincantes en la lucha por territorios de control, otras opositoras al narcotráfico, gente de las poblaciones y, al parecer, aquellos que denunciaron o disintieron de los políticos partidistas aliados al narco, de esos que los medios llaman parte del narcogobierno. Cuerpos destrozados apareciendo en sitios públicos, decapitaciones, macabras exposiciones de cuerpos colgando desde los puentes en las avenidas. Historias escritas literalmente con sangre. Los cuerpos de mujeres también mutilados, también expuestos, pero, además violados, ensañamiento específico hacia las mamas, glúteos, genitales y con desnudez intencional, cuerpos señalados así por ser cuerpos de mujeres. Mensajes con doble carácter, mensajes de género.

En 2005, durante la represión en Atenco por parte del gobierno del Estado de México, la tortura sexual también fue un mensaje que se ha repetido en represiones subsecuentes sobre el cuerpo de las mujeres. Mensaje y castigo para las mujeres que participan políticamente. Escritura mediante la violencia sexual sobre los cuerpos de unas, amenaza para todas.

Hasta hace unos años, se hablaba sobre la pesadilla para las mujeres en Ciudad Juárez, un lugar al norte de México. Cientos de desparecidas, otros cientos encontradas muertas, torturadas, sus cuerpos mutilados. Mensaje que no supimos leer, que quienes leyeron no lograron detener. Amenaza a las mujeres de origen empobrecido, de piel morena, de cabello negro y lacio, que parecían ser las principales víctimas; pero también era una amenaza con mensaje racializado y de clase a todas las racializadas y proletarias alrededor, amenaza que se cumple, que se expande ante la impunidad, ante la negligencia de las autoridades del país. Hoy, Cada vez más estados compiten por ver cuál supera a cuál en números de feminicidios y desaparecidas: Estado de México, Querétaro, Tlaxcala, Puebla, Morelos… Estos casos se caracterizarían por la comisión de formas extremas de violencia como estrangulaciones, decapitaciones, puñaladas, mutilaciones y violencia sexual. En algunos casos, incluso, los cuerpos de las mujeres fueron maltratados aún después de haber sido asesinadas, lo que denota crueldad, odio, saña y desprecio en contra de las víctimas.

Es preciso mirar cómo los cuerpos de las mujeres son el sitio predilecto de la escritura necrófila, cómo cada feminicidio interpela a las mujeres todas y cómo la impunidad de la violencia, la falta de suficiente respuesta social organizada, de solidaridad, ha significado su expansión y su agudización. Tal vez, se deba a que en este existir en donde el patriarcado atraviesa las concepciones y reacciones colectivas, las mujeres, las vidas y los cuerpos de las mujeres son-somos, las “otras”. Me parece que es por ello que la reacción es más intensa cuando son 1,6 o 43 -más o menos- cuerpos de varones sobre los que se inscribe la amenaza del sistema, pues en ellos, a pesar de las diferencias de clase y de racialización posible, sí puede realizarse el ejercicio de espejo-empatía, de ponerse en su lugar, de pensar: “Podría ser yo”, “Yo soy Ayotzinapa[1]”. Teniendo siempre en cuenta que los cuerpos de los y las que habitan en privilegio socio-económico no son los que se usan para escrituras necrófilas, mientras los otros cuerpos son, los de unas cuerpos de castigo, uso, comercio y amenaza, en tanto los de otros son cuerpos usados para amedrentamiento con otras implicaciones, pero, también, como interpelación simbólica desde el poder. En ambos casos son cuerpos efectivos para aleccionar.

Entonces, pues, lo que apenas alcanzo a comprender es que el proyecto neoliberal-patriacal devorador de vidas en la explotación laboral y en el trabajo doméstico no asalariado; es también un tirano de mil rostros que genera el clima de violencia y desprecio por el otro, la otra –más otra-, que convierte la vida en desechable, como un producto barato más y los cuerpos como consumibles y utilizables. No sólo con la consabida cosificación respecto al comercio de su apariencia y sexualidad, si no que convierte a los cuerpos en instrumento de tortura y de pedagogía del horror, pedagogía que paraliza, que desmoviliza, que despolitiza.

La portada sangrienta del diario; la ausencia –probablemente definitiva- de la amiga, de la vecina; el terror de tener que transitar al ir a la escuela, al trabajo, a la vida diaria por ciertas localidades peligrosas; la impunidad y la injusticia manifiesta se viven como congoja cotidiana que amenaza la piel propia y la existencia de aquellos y aquellas a quienes apreciamos, que angustia, que intimida, pero que sobre todo genera una indefensión aprendida[2] colectivizada que obliga a cerrar los ojos, a no actuar, a no organizarse, a no opinar políticamente.

Igualmente, sé que lo que ocurre no es privativo de México, lo utilizo como demarcación geográfica nada más. Entiendo que hay horrores similares ocurriendo en otros lugares y con intensidades distintas. Pienso de pronto en Melina, una adolescente de España, violada, golpeada y arrojada entre desperdicios en una montaña de basura. ¿Qué es lo que el feminicidio escribe sobre la piel de las mujeres, qué mensaje pretende imponernos una y otra vez?

Así, he dibujado un mapa escueto del espanto político, en términos de lo visibilizado mediáticamente, que se inscribe hoy sobre los cuerpos humanos en México. Sin embargo, en este mapa habría que colocar también violencias cotidianas, los acosos en las calles a las mujeres, violencia de parejas, la pobreza y sus consecuencias encarnadas en la población, más los dispositivos generales de control y biopoder. Es preciso, pues, complejizar mucho más esta cartografía, pero el tiempo y el espacio no me lo permite, baste por ahora decir que el sistema mundo patriarcal y capitalista por medio de la represión institucional o de la acción de aquellos que llama delincuentes, pero que finalmente son parte del mismo sistema, escribe sobre los cuerpos más vulnerables a manera de pizarrones en donde, constante, explica que se puede morir, pero que no es lo peor que puede pasarnos, que hay daños más terribles. Así, delinea con letras de tortura las lecciones del cómo resignarse a la opresión.

¿Hay resistencia posible? ¿Qué se opone a las armas, al poder, a la psicopatía del sistema, al dolor, al desamparo?

Hay múltiples ensayos, múltiples propuestas, intenciones que se entretejen o antagonizan entre sí, pero que conllevan el sino de la propuesta de otros mundos posibles. Ello es en sí mismo ya una promesa, la idea de que puede ser de otro modo es ya un punto adelante. Nos dice, por ejemplo, que todavía no nos hemos resignado. No han ganado, no nos hemos sometido. Hay de menos, esperanza de transformación. Segundo, nos coloca en el reconocimiento de que si es posible que ahora mismo en muchas cabezas al mismo tiempo pase la idea –las ideas- de que las opresiones sistémicas pueden ser contrarrestadas, entonces, el crecimiento colectivo de esas ideas posibilita la creación de otros imaginarios. A su vez, como en una cascada afortunada. Esos otros imaginarios significan la puesta en marcha de otras existencias posibles ante las instituciones del sistema mudo patriarcal y capitalista.

Una de las formas de poner en marcha la resistencia es mediante la acción de nuestros cuerpos. Esa plasticidad, planteada por Laurell, en este caso voluntaria, en resistencia como parte misma del proceso social. Las mismas corporalidades que han sido pedagogía del horror pueden convertirse en espacio de disidencia y de acción política. Esos que mientras los anime la vida, a pesar de los dispositivos de biopoder que los constriñen, siguen siendo nuestros. Espacios posibles de autonomía. Dorotea Gómez, lesbiana guatemalteca maya, lo dice en estos términos: “Mi cuerpo es territorio político” (Gómez, 2010). Artistas feministas mexicanas hace tiempo venimos usando la expresión poner el cuerpo. Ese compromiso ético de quien sale a la calle a ocupar un lugar en la marcha callejera, de quien acompaña desde una ética del cuidado, de quien pinta sobre su piel o explora en el escenario o con su voz, de quien construye espacios físicos de acogimiento, de solidaridad, de quien disiente de los mandatos opresivos y con ese cuerpo va haciendo política cada día, cada momento de su existencia.

Suena muy lindo, como utopía. Sin embargo, ¿Es posible trastocar un poquito del estado de las cosas poniendo un cuerpo por muy territorio propio, por muy politizado en su existencia, qué puede un cuerpo contra el horror?

Un cuerpo solitario no puede mucho contra la pesadilla sistémica. Puede, a lo sumo, ser ejercicio de disidencia. Sin embargo, muchos cuerpos disidentes pueden generar una pedagogía inversa, un ejemplo que cunda, que se extienda, que invente otra cosa. Es aquí donde me atrevo a convocar por visibilizarlo, pero también porque es propuesta política de larga data y puesta en marcha de otra existencia, el cuerpo de las lesbianas, invisibilizado históricamente pero en resistencia constante:

Existe una idea hegemónica sobre el deber ser del cuerpo de las mujeres, un cuerpo socialmente construido en función de los mandatos de una cultura misógina en donde predomina una concepción de este cuerpo para comerciar con él y para placer o servicio del sistema existente. Mogrovejo (2010) habla de esta construcción: “Es un cuerpo colonizado en función de los hombres. Un cuerpo sobredeterminado, con un estereotipo determinado, de medidas y de formas determinadas”.

Sin embargo, hay cuerpos que no cumplen las tareas ni las estéticas esperadas, que se rebelan, que desobedecen. Diversas autoras como Rich, Wittig, Lauretis se han venido preguntando cómo o qué es el cuerpo lesbiano. ¿Es acaso el mismo de todas las mujeres?, ¿qué no es, también, el que tiene útero y mamas? ¿Es este el mismo cuerpo que se modela en la lógica estética heterosexual y reproductiva contemporánea?

Mogrovejo escribe sobre el cuerpo lesbiano: “Sigue siendo una incógnita, una necesidad en construcción que parte de una negación, no quiero un cuerpo para los demás, necesito un cuerpo para mí. Fuera de la lógica masculina y heterosexual en un intento por romper con una historia sobredeterminada por el cuerpo femenino” (2010).

Michel Binford visibiliza el cuerpo lesbiano como forma de resistencia, en grados de conciencia diversos y escribe: “De alguna manera, las mujeres lesbianas resignificamos el término ‘mujer’, tal como es entendido por el sistema patriarcal” (Binford, 2008:5).

Resignificar el término mujer y poner el cuerpo como lugar de resistencia no es poca cosa, pues de acuerdo con Margarita Pisano, la historia de la especie humana está marcada sobre los cuerpos-mujeres y los cuerpos-hombres, que son reducidos a su función reproductiva. La negación de la sexualidad, así como su reducción a lo reproductivo es fundamental para hacer del cuerpo un objeto dominable: “Sobre estos cuerpos sexuados se construye todo un sistema de significados, valores, símbolos, usos y costumbres que normalizan tanto a nuestros cuerpos como a la sexualidad, delimitándolos exclusivamente al modelo de la heterosexualidad reproductiva” (Pisano, 2010).

Sin embargo, en el lustro reciente, colectivas lésbicas feministas en distintos lugares de Latinoamérica (en México para 2010 yo había escuchado a las Sucias, Lunas Lesbofeministas y Chuekas, al menos) y lesbianas feministas independientes han venido usando Cuerpa o Cuerpa lesbiana, como constructo teórico político que está en desarrollo todavía, pero sirve para referirse a aquella unidad físico-biológica con genitales y características que le asignan el sexo femenino, pero que no es el cuerpo femenino construido en relación y/o correspondencia al masculino, sino esa construcción de para sí misma en una lógica diferente a la de la heteronormatividad.

Nombrar la cuerpa lesbiana no es sólo un asunto que atañe a la conformación o transformación del lenguaje, es un ejercicio de enunciación política. Se construye una existencia política, pero sexual y de placer también, existencia sexopolítica, la cual construye a su vez un cuerpo: cuerpo político-cuerpa.

Esta cuerpa[3] política desafía al régimen heterosexual. Donde se manifiesta, la cuerpa interpela, cuestiona e incluso llega a dinamitar visiones ya concebidas de cómo es o cómo debe de ser la vida, las lógicas institucionales e incluso la aplicación de la ciencia y la tecnología concebidas desde la heterocentralidad.

Podemos, por puro ejercicio, preguntarnos ¿Cómo irrumpe la presencia de una -o de muchas- cuerpa lésbicas, con todas sus irreverencias, incluso cuando de tantas formas se busca someterla, por ejemplo, en las instituciones escolares? ¿Qué se pone en tensión de la curricula explícita y qué de la currícula oculta cuando una estudianta no presenta los mismos afeites que aquellas que siguen el modelo hegemónico o cuando no ocupa los espacios de la forma en que la feminidad impone las posiciones corporales a otras, o cuando sus códigos de comunicación e intereses no responden al cuento romántico de la heterosexualidad? Interpela la presencia de una cuerpa y una existencia lésbica en los consultorios médicos, en la conformación de sus familias de origen, pone en tensión modos de relacionarse en los centros de trabajo, en los espacios religiosos, en las calles, en los grandes y pequeños mercados, por poner otros ejemplos posibles.

La cuerpa en tanto que construcción política ya sea desde su visibilidad o desde el momento en que se enuncia como irruptora del régimen político, es una bomba incendiaria, un allanamiento material a las instituciones patriarcales, ante las lógicas heteronormadas. Es esa que se pone ante cualquier institución y resulta inadecuada, inclasificable encuentro/desencuentro y la existencia sexopolítica encarnada en una unidad físico-biológica que se presenta como sujeto que obligatoriamente interpela. Es política combativa.

Finalmente, me resta señalar que la puesta en marcha de la existencia lesbiana a través de la cuerpa lesbiana no detiene en forma directa los asesinatos ni los feminicidios en mi país, no detiene lo que se ha llamado violaciones de castigo hacia lesbianas y bisexuales, ni evita la tortura a las y los disidentes políticos, ni el sometimiento de la vida cotidiana a las grandes tiranías del sistema de producción. No significa en modo alguno la aparición de más de 26 mil desaparecidos en México, ni la justicia ante tanto dolor sembrado en mi tierra, ni en otras. Sin embargo, es resistencia y propuesta. Es una apuesta importante en el orden de lo simbólico en tanto que es una de las posibilidades de poner el cuerpo como vida y acción política, una propuesta política que se vuelve carne. No es la única, por supuesto, pero lo que me importa enunciar es que ésta y otras experiencias de cuerpos y disidencias sexogenericas, activismo, arte, barricadas, mercados de trueque, ayuda mutua, siembra, solidaridad y sororidad y tantas otras acciones que ahora mismo inventan los pueblos poniendo sus cuerpos, lo que logran es construir el imaginario-acción necesarios. Hoy, es difícil apropiarse y emitir desde los grandes medios de comunicación, escribir y publicar es privilegio de algunos, hasta el pintar en las paredes se vuelve prohibido y controlado por el Estado, pero podemos recordar que nuestra piel desnuda siempre será un interesante lienzo. Las madres de las mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez ponen sus cuerpos, hacen huelgas de hambre, montan campamentos y buscan estrategias para la justicia; algunas mujeres de pueblos originarios migradas a las ciudades y las descendientes de ellas portan sobre su cuerpo el traje de su ancestras y resisten a pesar de la discriminación racista y etnocéntrica; las Patronas son una colectiva de mujeres que reúnen alimentos, cocinan y se plantan ágiles, intrépidas, ante el tren que lleva personas que intentan migrar ilegalmente hacia USA, ellas arrojan alimentos empacados para compartir apoyo y aliento a quienes viajan. Así, el cuerpo como el hacer político tomando carne enseña que es posible la contrahegemonía, disentir y sobrevivir y vivir con otras lógicas y bajo otra calidad de vida. Es decir, habitamos en la era de la desesperanza, sin embargo, me parece importante enunciar-visibilizar que existe y crece esta pedagogía de la resistencia, que todavía apuesta por utopías y propone sobre los cuerpos y desde los cuerpos hacia otras vidas, hacia otra realidad que no sólo es posible, si no que ya es urgente. Propongo: pongamos, entonces, este cuerpo, esta cuerpa subversiva, territorio de acción política.

pakave@hotmail.com

Referencias:

Binford (2008) “La relación de las mujeres lesbianas con sus cuerpos, un estudio del protagonismo de lesbianas guatemaltecas”. Programa de Estudios de Posgrado en Estudios de la Mujer- Ciudad Universitaria Rodrigo Facio, Costa Rica.

Gómez Dorotea (2010) “Mi cuerpo es un territorio político”. http://brechalesbica.files.wordpress.com/2010/11/mi-cuerpo-es-un-territorio-polc3adtico77777-dorotea-gc3b3mez-grijalva.pdf

 

Mogrovejo Aquise, Norma (2010). “Soy una lesbiana atrapada en un cuerpo de mujer”, Entrevista a Norma Mogrovejo, Universidad Autónoma de Santa María. http://www.ucsm.edu.pe/espergesia/8ed/archivo/6sexta/invitado/cuerpo1.html (Consultado octubre de 2012)

Laurell C. (1994) Sobre la concepción biológica y social del proceso salud-enfermedad. En: Rodríguez Ma. Isabel (coord.) Lo biológico y lo social, Serie Desarrollo de Recursos Humanos N° 101, Washington D.C. EUA: OPS/OMS, pp. 1-19

Pisano , Margarita (2010). “Lesbianismo: ¿Transgresión del mandato histórico o diversidad para discriminadas útiles?

http://samanthagonzalezccsasm.blogspot.com/2010/10/lesbianismo�transgresion�del�mandato.html (consultado junio de 2011)

Rich , Adrienne (1980). “La heterosexualidad obligatoria y la existencia lesbiana (1980)” en Revista d’Estudis Feministes , núm.10- Francia.

Vergara Sánchez, Patricia Karina (2013) ” El viaje de las invisibles. Manifestaciones del Régimen Heterosexual en experiencias de mujeres lesbianas en consultas ginecológicas” División de Ciencias Sociales y Humanidades, Posgrado en Estudios de la Mujer, Universidad Autónoma Metropolitana. México.

 

Wittig, Monique. “El cuerpo lesbiano”, Pre-Textos-. Valencia. España-

 

[1] Consigna política que nombra y se solidariza con el sitio geográfico en donde se encuentra la escuela de los estudiantes desaparecidos.

[2] Martin Seligman desarrolló una teoría que explica el aprendizaje para comportarse pasivamente, con la sensación subjetiva de no poder hacer nada respecto a las situaciones que amenazan o determinan la vida

[3] Pensando, “cuerpas”, en el sentido que en ellas se intersectan clase, origen étnico, edad y otras opresiones y/o circunstancias de vida.

2014-10-28

 

 

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