A 40 años de la victoria de Vietnam sobre yanquis y títeres

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mayo 4, 2015 por La Vieja Noche

Nadie que haya vivido en esos años habrá sido indiferente a lo sucedido en la península de Indochina, sobre todo porque a la inicial invasión estadounidense de Vietnam le siguió la ampliación de sus bombardeos a Laos y Camboya.

 

ALAI

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EE.UU.

A 40 años de la victoria de Vietnam sobre yanquis y títeres

Emilio MarínOpinión

 

La foto de un tanque de los guerrilleros del Frente Nacional de Liberación (FNL) entrando al Palacio Presidencial ese 30 de abril puede ser el símbolo de esa victoria extraordinaria. Para otros ciudadanos del mundo la foto seleccionada será la de esos niños y niñas vietnamitas corriendo semidesnudos y quemados por napalm de los bombardeos yanquis. O la del militante comunista ejecutado de un tiro a la cabeza por el jefe de policía del régimen títere de Ngo Dinh Diem o de su sucesor, tras un golpe de Estado, Nguyen Van Thieu. Otros, más clásicos optarán por la fotografía del legendario Ho Chi Minh, fundador del Partido Comunista de Vietnam y presidente de la zona norte tras la liberación del imperialismo japonés y francés. O bien la del general Nguyen Von Giap, quien fue ganando batallas desde Dien Bien Phu a los franceses hasta a los generales norteamericanos que se alternaron en la comandancia de los invasores, entre 1964 y 1975.

 

Nadie que haya vivido en esos años habrá sido indiferente a lo sucedido en la península de Indochina, sobre todo porque a la inicial invasión estadounidense de Vietnam le siguió la ampliación de sus bombardeos a Laos y Camboya.

 

¿Qué buscaban los norteamericanos con esa política invasiva? Primero querían meter en caja a un pueblo muy combativo como el vietnamita, que se había desembarazado de los japoneses en 1945 y los franceses en 1954, emprendiendo al norte del paralelo 17 la construcción del socialismo bajo la presidencia del “Tío Ho”. Y en segundo término, ocupar posiciones geoestratégicas para poder agredir a China En años de relativa coexistencia pacífica con la URSS, Washington consideraba a Beijing como su enemigo más peligroso, que fogoneaba guerrillas en India, Indonesia, Filipinas y resto del sudeste asiático.

 

Por eso fue que en 1964 inventó el “incidente del golfo de Tonkin” donde dijeron que patrulleras vietnamitas atacaron a barcos norteamericanos. Después se supo que todo había sido un bluff del Pentágono. Cualquier parecido con las armas secretas de Saddam Hussein no es pura coincidencia…

 

Maquinaria brutal.

 

Los norteamericanos estuvieron en Vietnam desde 1964 (en rigor ya antes tenían unos 15.000 asesores militares) hasta 1973, cuando emprendieron la retirada del grueso de sus efectivos, aunque dejaron miles de marines hasta ese final-final de 1975. Ese 30 de abril su embajada en Saigón se convirtió en ring de una pelea desesperada de norteamericanos por abordar los helicópteros; sus colaboracionistas luchaban físicamente por un lugar en la huida.

 

En el momento de mayor concentración llegó a haber 541.000 marines haciendo la guerra a los vietnamitas. Todos munidos del armamento más moderno y en cantidades suficientes para librar varias guerras.

 

Junto a la criminalidad de ese ejército, lo que dejó huella en aquel territorio fueron los bombardeos que arrojaban bombas y explosivos, agente naranja y otras armas químicas.

EEUU lanzó 300.000 ataques aéreos durante los cuales arrojó 630.000 toneladas de bombas, lo que equivalió a una cantidad tres veces más que en toda la II Guerra Mundial, concentrada sobre un país pequeño, muy inferior a las superficie abarcada en aquella contienda.

 

El corresponsal de Telesur, Vicent Montagud, publicó el 26 de abril que “Vietnam tardaría 300 años en eliminar bombas sin explosionar lanzadas por EE.UU”. En su reporte publicó impresionantes fotografías de niños y niñas vietnamitas que a cuarenta años de haber sido afectados sus territorios y familias por el agente naranja, aún nacen con deformidades en sus cabezas y diverso tipo de enfermedades.

 

Bien por Lennon.

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Ese verdadero genocidio no sancionado legalmente provocó la muerte de más de 2 millones de vietnamitas. Las bajas estadounidenses fueron 55.000 efectivos, que pese a la desproporción fueron suficientes para impactar en el ánimo de su sociedad. Sobre todo los sectores universitarios y bien pensantes, pero también las familias afectadas por la guerra, fueron protagonistas del movimiento pacifista. Celebridades de Holliywood como Jane Fonda o el mítico John Lennon se destacaron por su oposición a la guerra. Se recuerda una foto del ex Beatle y Yoko Ono donde aquél sostiene un cartel que dice: “War is over”, como parte de la campaña pacifista para la Navidad de 1969. No sólo era un gran músico sino también una persona sensible e inteligente: seis años de la conclusión de esa tragedia se atrevió a denunciar el sentido imperial de esa guerra.

 

No es que toda guerra sea injusta. Lo era la de los marines y sus jefes Westmoreland y Abrahms, y de los cuatro presidentes que tuvieron injerencia y agresión en Vietnam. Ellos fueron Dwigt Eisenhower que en 1954 mandó sus primeros asesores para ayudar a invasores franceses, John F. Kennedy que dio más apoyo al régimen títere de Diem, Lyndon Johnson que dio el gran impulso a la agresión y Richard Nixon que estuvo en la parte final de esta operación.

 

Desde el lado de los vietnamitas, fue una guerra justa, de defensa de la Patria, por la soberanía nacional y el derecho a decidir. Ganaron el 30 de abril de 1975 y en julio del año siguiente la República de Vietnam del Sur decidió fusionarse con la del Norte en la República Socialista de Vietnam.

 

El gran hacedor de la independencia ya había muerto de tuberculosis en 1969 y en su honor Saigón pasó a llamarse Ciudad Ho Chi Minh. El otro vietnamita artífice de la victoria de 1975, el general Giap, vivió hasta los 102 años y se dio el inusual gusto de orientar militarmente a las fuerzas revolucionarias que batieron a los japoneses en 1945, a los franceses en 1954 y a los norteamericanos en 1975. Tres al hilo.

 

De túneles a la victoria.

 

Muchos argentinos habrán oído de los túneles y otros pasadizos con los que Giap pudo acercar sus hombres y mujeres en armas para cercar la base francesa de Dien Bien Phu y al cabo de 55 días de batalla tomarla, imponiéndole 5.000 bajas y 10.000 prisioneros al general Navarre.

Seguramente los galos subestimaron a Giap, un militar que medía sólo 1.54 metros de altura y abogado de origen, nada que ver con las armas (una suerte de Manuel Belgrano de los nuestros, pero con más suceso castrense). En 1939 fue ilegalizado y perseguido el Partido Comunista de Vietnam por el régimen monárquico profrancés de Bao Dai que imperaba en el país y el futuro militar se fugó a China. Allí aprendió más la teoría de la guerra popular prolongada que había creado Mao Tsé tung, el fundador de la misma. Su discípulo vietnamita no le fue en zaga por los éxitos logrados en los años posteriores, plasmados en su libro “Guerra del pueblo, Ejército del Pueblo”, publicado en 1961.

 

En 1939 la represión tomó prisioneras a su joven esposa, a su bebé, y a su cuñada, para presionarlo a presentarse ante las autoridades. Giap no lo hizo por lo que esas tres personas fueron asesinadas, lo mismo que su padre y dos hermanas. Esta durísima prueba templó al revolucionario genial, que lejos de preparar revanchas particulares se empeñó en liberar su país de ocupantes extranjeros y títeres, y desbrozar el terreno para el avance al socialismo.

 

Este cronista conoció en 1997 en un seminario de izquierda en Bruselas al ex embajador cubano en Vietnam, Raúl Valdés Vivó, autor del libro “Embajada en la selva”. Él le contó que en setiembre de 1973 acompañó a Fidel Castro, de visita en Hanoi, a una excursión a Vietnam del Sur, donde todavía había guerra. Estuvieron a poca distancia de bases enemigas. Fidel regaló una bandera de Cuba a una unidad vietnamita que prometió hacerla flamear en la victoria, que veían próxima. Y así fue. La insignia cubana estuvo en la toma del Palacio Presidencial ese 30 de abril de 1975. La noche previa al regreso del líder cubano, dijo Valdés Vivó, los vietnamitas pidieron colaboración técnica cubana para ampliar la ruta Ho Chi Minh, por donde llevaban tropas y armas hacia el sur. Le dijeron que sí. Fue la señal anticipada de que se venía la ofensiva final, no la del Tet de 1968, sino la final, la de la victoria.

 

Monsanto.

 

En enero de 2013 la presidenta Cristina Fernández de Kirchner visitó Vietnam y anduvo con ropa adecuada por los túneles de Cu Chi, donde los vietcong habían resistido los bombardeos norteamericanos. Allí abajo tenían sus dormitorios, fábricas de armas, hospitales, etc. Eran parte esencial de las tácticas guerrilleras de eludir las batallas desiguales, golpear en el momento oportuno y guarecerse de los bombardeos. CFK declaró con admiración: “es un ejemplo impresionante de un pueblo y de la decisión de un pueblo de combatir por su libertad, por su independencia y por la patria, algo francamente admirable”.

 

Esos elogios fueron muy justos. Como Cristina es una persona muy inteligente, habrá advertido una contradicción suya, de dar ese apoyo al pueblo vietnamita, por una parte, y haber saludado el año anterior, 2012, el anuncio de inversión en Argentina de Monsanto. Fue el gran fabricante del agente naranja del que se arrojaron 20 millones de galones sobre más de 10 millones de hectáreas de Vietnam. Hicieron eso y gastaron 150.000 millones de dólares, pero igual fueron derrotados, con gran impacto internacional.

 

 

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